¿Intentan llegar al alma yaqui, con la cruz?

Vertiente octubre 30 2019.


¿Intentan llegar al alma yaqui, con la cruz?.- Crónicas para la historia (No. 110).- Ni Diego de Guzmán, en 1533; tampoco Diego Martínez de Hurdaide em 1608, pudieron entrar al corazón yoreme con la espada


Bernardo Elenes Habas


La historia de la Nación Yaqui, es apasionante.

Incluyen, los yoremes, entre los elementos de la naturaleza que deifican, no sólo tierra, agua, fuego, aire, sino libertad.

Se trata de valores profundos que persisten en los nervios de la tradición oral entre familias, comunidad, tribu.

Por eso, cuando arribaron los españoles con Hernán Cortés en 1519 a las costas del Anáhuac, para iniciar el genocidio y saqueo de la avanzada estructura geopolítica mexica, extendieron sus ambiciones hacia los cuatro puntos cardinales de un territorio no hollado por extraños.

Contada a grandes rasgos, la exploración castellana salió de la provincia de Culiacán donde estaban asentados, hacia el noroeste, llegando al Yaquimí en 1533, con un ejército encabezado por el capitán Diego de Guzmán, integrado por 17 jinetes, 33 elementos de infantería armados con espadas y arcabuces, protegidos con armaduras y acompañados por un buen número de indígenas sometidos en su trayecto, incluido un pequeño cañón.

Ellos habían traspasado espacios desde Sinaloa, donde habían vencido a las tribus suaques, ocoronis y tehuecos. Asimismo a los mayos, ya entrados a lo que ahora es Sonora.

Señalan los historiadores que fue un 4 de octubre de 1533, en que el río Yaquimí era conocido y cruzado por hombres de raza blanca, guiados por Diego de Guzmán.

En su recorrido, río abajo, en una llanura los estaban esperando los yaquis, que con valor y gallardía salían al paso de la tropa española.

El jefe yoreme, con vestimenta de cuero de venado y bordado con perlas, se adelantó a sus guerreros-coyote. Dio inicio a un profundo ceremonial de dignidad. Trazó con el extremo de su arco una raya larga en el suelo. Se inclinó. Besó la tierra, y dijo, con voz alta, dirigiéndose al capitán de los invasores:

-¡Si pisas esta raya, o la pasas, serán muertos todos ustedes!

Diego de Guzmán expresó que no buscaba hacerles daño, sino quería tenerlos por amigos. Que se volvieran a sus casas y les trajeran provisiones.

El caudillo yaqui aceptó, pero con la condición de que les permitieran atarlos a ellos y a sus caballos. Mostrando los guerreros cuerdas que llevaban consigo.

El capitán se negó y dio el grito de ¡santiago!, haciendo fuego con el cañón de campaña contra el enemigo. Sin embargo, sacaron en la lucha la peor parte.

Tan memorable primer encuentro, donde se demostró la bravura yoreme, dio a la tribu 74 años de paz, porque en ese lapso no hubo intentos de los conquistadores por regresar al Yaquimí. Explorando otros espacios cercanos.

Fue hasta 1608, cuando otro capitán español, Diego Martínez de Hurdaide, con 40 jinetes y dos mil indígenas aliados, trató de tomar por sorpresa a la Nación Yaqui. Pero éstos, con más de 6 mil guerreros se adelantaron, atacando al campamento que Martínez de Hurdaide había instalado en la margen del río, cerca de las rancherías, durante las primeras luces del alba.

El combate fue encarnizado, prolongándose durante todo el día, sin que ambos bandos pidieran o dieran tregua. Al caer las sombras, los dos ejércitos se retiraron con fuertes bajas; pero los castellanos sufriendo la derrota moral de no haber vencido a la etnia.

Con el orgullo herido, Martínez de Hurdaide preparó una tercera acometida, apoyado por la Villa de Culiacán, armando a 400 jinetes, 4 mil indios aliados de toda la provincia, pólvora, municiones, bastimento. Procediendo, primero, a enviar emisarios con mensajes de paz, que le fueron rechazados.

Y de nuevo, cuando despuntó el alba de un día no precisado por los historiadores, del año 1609, la rabia, las heridas, la muerte, el olor a pólvora y a sangre, llenaron el ambiente.

Al avanzar el día y constatar el soberbio capitán español que la victoria no se colocaba a su lado, optó por una retirada ordenada "porque vio el riesgo en que estaba de perecer allí con casi toda su gente", como narra el sacerdote y cronista jesuita, Andrés Pérez de Rivas.

Pasó el tiempo. La Nación Yaqui siguió su vida normal, sin dejar de observar e informarse sobre las acciones que desarrollaban los españoles con la tribu Mayombo (Mayo).

Se enteraban que cerca de su territorio, sus hermanos de tronco tribal cahita, progresaban. Aprendían artesanías, a construir viviendas, cultivar la tierra. También a recibir los valores del cristianismo desde los templos que erigían, guiados por misioneros.

Y ellos, los yaquis, sus hombres y mujeres de hace más de 400 años, decidieron que podían progresar como los hacían los mayos.

Por ello, enviaron una comisión de mujeres para que negociaran la entrada a su Nación de personas que les enseñaran nuevas formas de vida comunitaria.

Así, pisaron la tierra y el alma de la libertad yoreme, los sacerdotes jesuitas Andrés Pérez de Rivas y Tomás Basilio, el año 1615.

Ya no trazaron los guerreros-coyote la raya en la tierra, en su espacio natural y sagrado, vigilado por el Bacatete altivo.

Ya no afilaron sus cuchillos y sus flechas. Abrían el portal del aire y sus anhelos de eternidad, sabedores de que dejaban entrar la cruz, no la espada a la Nación Yaqui.

Desgraciadamente los yoris se aprovecharon a través de los años, de la visión y buena voluntad yoreme, que vislumbraba una nueva luz para su territorio, que, lo sabían, provenía desde más allá del cerro azul por donde nace el sol…

Tal vez por eso, en pleno siglo XXI, los nuevos misioneros intentan penetrar el indoblegable Espíritu Yaqui como hace más de 400 años, con el símbolo de la cruz, predicando el cristianismo, argumentando promesas, sin que se avizoren los hechos de la justicia social e histórica, hasta el momento…