Un Centro Cultural-Museo para Cajeme

Vertiente septiembre 29 2020.

Un Centro Cultural-Museo para Cajeme.- Regidores obligados a impulsar obras que fortalezcan la raíz histórica de la comunidad.- Existen espacios donde podría erigirse ese proyecto: el baldío de la que fue escuela Dworak, o bien, parte del callejón Ferrocarril que pretende venderse

Bernardo Elenes Habas

Tienen, los regidores que integran la Comisión de Educación, Cultura, Recreación y Deporte en Cajeme, la alternativa de hacer historia al lado del alcalde Sergio Pablo Mariscal Alvarado.
Se abren las condiciones para que Raúl Fernando González Valverde, Francisco Alonso López Olea, Víctor Manuel Ibarra Apodaca, Lydia Priscila Valdez Hernández y Graciela Armenta Avalos, impulsen una iniciativa encaminada a forjar las bases para la creación de un museo que preserve la historia solariega.
Jamás debe olvidarse que no sólo de pan vive el hombre, y que se requiere construir los puentes que se extiendan desde el pasado hacia el futuro, para que las raíces de la comunidad, sus fundadores, los más anónimos hasta los de mayor renombre, permanezcan de pie, constituyéndose en lección de historia viva ante las generaciones actuales y venideras.
Existen espacios viables donde podría convertirse en realidad una obra de esta categoría, que sería piedra de toque para que la cabecera municipal, Ciudad Obregón, se erija, en el recuerdo y en la realidad, como la semilla de sol que nació en mitad del llano, motivando la imaginación y la memoria de jóvenes y niños de tal manera que nunca olviden su sentido de pertenencia, el acta de confirmación de su genealogía colectiva.
He difundido esta idea en mis crónicas desde el 2018, marcando algunos sitios que podrían ser ancla para un centro cultural y museo, como el terreno ahora baldío que ocupó por 74 años la escuela primaria Fernando F. Dworak, derrumbada el 23 de julio de 2018. O bien, reservar un espacio en el callejón Ferrocarril, utilizado en otros tiempos para maniobras de bodegas, entre calles Miguel Alemán y Jalisco, que se pretende vender.
En esos lugares se podría construir una institución con vida propia que daría brillo al nombre de Cajeme –museo, centro de exposiciones, galerías-, albergue de gráficas, mobiliarios antiguos, aperos de trabajo que llenarían el recinto de fe para quienes no sólo vieron sino que coadyuvaron con sus manos y sus esfuerzos a construir la ciudad, a colocarla en el horizonte del tiempo y de la historia.
En Cajeme, los días 29 y 30 de noviembre, cerrarán 93 años en el devenir de su fundación como Municipio. Y los hombres y mujeres que le dieron trazo y luz, serán recordados en actos señeros que programarán las autoridades, como sucede cada año.
Madurará, pronto, ese casi siglo en que Cajeme se erigió como Municipio, luego de haber dibujado su silueta desde 1907 contra el horizonte agreste y silencioso de los cerros vigías al oriente, con una casita de madera y un tinaco, parte visible del pozo ahí perforado, que abastecía de agua al tren que llegaba desde Estación Corral a la recién inaugurada Estación Esperanza, siguiendo diez kilómetros hacia el sur, pasando por estas latitudes, para buscar extenderse hacia Navojoa y otros ramales comunicantes del país.
Contaban los viejos, con voces llenas de eternidades, que luego, hacia 1912, se construyó otra vivienda más, un embarcadero para ganado, un expendio de bebidas y de artículos de cuero, un almacén para pasturas, en lo que sería el primer núcleo de un Cajeme portentoso y abierto a la vida.
Así, para 1923, esa semilla emergió desde la tierra virgen de Plano Oriente, para erigirse como Congregación, y luego, en 1925, Comisaría, con 450 habitantes, apuntando hacia el futuro. Y en 1927, por fin, un 29 de noviembre que huele a júbilo y distancia, se decretó la Ley Número 16, instituyendo a la Comisaría rural, de calles desnudas y cielo límpido por donde se veía cruzar las aguilillas, en Municipio Libre, como quedó asentado en el libro número 45, Tomo XX del Boletín Oficial del Estado, correspondiente al 30 de noviembre de 1927.
Cajeme es conjunción de sueños y realidades. De nombres visibles en su fundación prodigiosa. Pero también, de manos anónimas que sembraron su sangre y sus vidas, como cimiento extraordinario de un pueblo que aprendió a fortalecer sus espigas de luz con su trabajo. A construir sus crónicas de hoy y de futuro, con visión de grandeza.
En ese sentido, la historia es estricta y no admite concesiones.      
Por eso, mientras más años se acumulan en los anales de la fundación de Cajeme, más crece el recuerdo de quienes lo construyeron con sus manos, desde la vigencia de nombres y apellidos incluso extranjeros, pero también brotados desde el anonimato limpio, desde la humildad que solamente la gente de pueblo sabe preservar, de aquellos que se marcharon con su paisaje rural a cuestas, con sus bagajes de sueños calcinados por los soles de agosto, con los relatos escritos por la vida en sus rostros y en la piel del alma.
Tengo cierto que las autoridades municipales de ayer, de ahora, de mañana, en su vertebración administrativa, deben un reconocimiento a esos hombres y mujeres que permanecen en el olvido. Que no están representados en el formidable monumento a Los Pioneros erigido durante la administración de Eduardo Estrella Acedo (1982-1985), ni en las placas con nombres grabados que subsisten en Palacio Municipal, ordenadas por Ricardo Bours Castelo, durante el trienio de su alcaldía ((2000-2003).
Considero, firmemente, que ese reconocimiento podría ser la creación de un museo que se constituya en semilla y flor de Cajeme.
Espacio señero donde estén vigentes las aportaciones en fotografías, aperos de labranza, armas, utensilios de cocina, muebles, libros, instrumentos musicales, maquetas y tantos objetos que fueron parte del ayer, y que hoy servirían de lección sustantiva para las nuevas generaciones.
Es preciso que la memoria de Cajeme no muera.
Es necesario que los niños y jóvenes de hoy y de mañana, sepan que en los cimientos de la comunidad hubo gente que trazó calles, construyó con sus manos casas, escuelas, hospitales, que abrió los caudales de la alegría con su música, su genio, su solidaridad humana; marcando el inicio colectivo, sin lograr más fortuna que la satisfacción de haberle dado vida al pueblo convertido en ciudad, en Municipio, que el próximo 30 de noviembre  cumple 93 años de sol, lluvia, tempestades y progreso.
¿Por qué no lograr que las actuales y las autoridades venideras, siembren y hagan florecer la semilla de una obra señera que se convierta en puente dispuesto a definir el horizonte pretérito del terruño solariego hacia el futuro, para que en él se refleje la capacidad de asombro de las actuales y de las nuevas generaciones, y sepan, comprendan, de dónde vienen y para dónde van?
Un museo, debe constituirse en ventana abierta hacia una realidad de esfuerzo y trabajo del ayer que fue. Espejo multiplicado de acontecimientos y luchas. De anhelos y emociones. De testimonios para que los caminos de los niños, de los jóvenes actuales y de los que vendrán, definan la consistencia de sus huellas, la estructura de su estirpe en el río de la vida que no cesa.
Para que demanden su acta de identidad, la que les haga proclamar ante el mundo, cómo nació este pueblo, su pueblo.
Le saludo, lector.