¿Por qué no hay unidad en México?: razones

¿Por qué no hay unidad en México?: razones

Bulmaro Pacheco

 

Domingo 27 de septiembre de 2021

 

 

En México, las políticas de unidad nacional funcionaron en el pasado para cerrar filas ante decisiones complejas del gobierno. Así sucedió en la Segunda Guerra Mundial (cuando en lugar de enjuiciar a los ex presidentes se les convocó a la unidad) o como cuando el gobierno exhortaba a los factores de poder (empresarios, sindicatos, clase política) para realizar reformas (Alianza para la producción) o aplicar políticas económicas en tiempos muy difíciles (Planes de aliento y crecimiento), o ante circunstancias nacionales complejas ( EZLN y Crimen de Colosio).

 

Los factores de poder participaban y al final muchos problemas se resolvieron escuchando a todos, dialogando con todos y con una participación directa. Por eso y con la participación de todos, —no de un solo partido— se hicieron las grandes reformas de finales del siglo XX.

En el México de hoy no se respira un ambiente de unidad ni en el gobierno ni en su propio partido, a pesar de que hay causas para convocar a la unidad (pandemia, crisis política, inseguridad, etc.).

 

Algo está sucediendo que el gobierno federal en lugar de convocar y llamar a la unidad a los mexicanos ante los graves problemas que enfrentamos promueve la confrontación, los ataques y las descalificaciones. El gobierno no admite crítica, y todo para ellos, resulta ser una conspiración.

 

El presidente se victimiza cuando afirma que ha sido el Ejecutivo "más atacado" desde los tiempos de Madero, cuando todos sabemos que no es así. Carlos Salinas de Gortari, al que incluso le fabricaron máscaras de plástico y lo ridiculizaban en las calles, lo supera con creces. Ahora al presidente lo atacan aquellos que no se dejan y responden a sus señalamientos —la mayoría de ellos infundados y con pésima información—. No se observa en la mayoría de los medios de comunicación una tendencia a atacarlo ni a ridiculizarlo a través de caricaturas y artículos de fondo, como le sucedió a Madero. Lo critican quienes observan una realidad que él se niega a reconocer.

 

También se defienden —con todo derecho— aquellos ex colaboradores de la llamada "cuarta transformación" que han renunciado en estos últimos meses por anomalías e inconformidades que ellos mismos en cartas  denunciaron en su momento  (IMSS, SCT, Hacienda, Indep, entre otros) y que al dejar el cargo de mala manera y sin una pizca de agradecimiento a sus esfuerzos, el presidente los ha descalificado en público, lo que revela de su parte un gran desconocimiento de la administración pública y de las normas mínimas de trato a funcionarios de su gobierno.

 

Una cosa es lo que el presidente se imagina que es la administración del gobierno y otra muy diferente la realidad que han enfrentado los funcionarios con tanto desorden y cruces de líneas de autoridad en sus competencias y de burdo desorden en la administración.

 

En el partido del gobierno (Morena) se están dando con todo y contra todos evidenciando que, desde ya, ha empezado la carrera no por las 15 gubernaturas del 2021 ni por las 500 diputaciones federales. No. Desde ahora, ya iniciaron la lucha interna por la sucesión presidencial del 2024, empezando por las pugnas hacia el interior del partido, que tiene como principal objetivo la elección de una nueva dirigencia nacional después del vacío estructural en que quedara Morena al asumir su principal dirigente y fundador la Presidencia de la República.

 

Y no es gratuita esa falta de unidad. La mayoría de los aspirantes a la dirigencia tienen orígenes disímbolos, de diferentes corrientes y de diversas agrupaciones políticas no necesariamente de las izquierdas.

 

No hay ahí ex guerrilleros de los años en que la guerrilla urbana y rural era una realidad en México, mucho menos del EZLN. Tampoco se observan líderes obreros y magisteriales al estilo de los legendarios Valentín Campa y Demetrio  Vallejo, Othón Salazar y José Santos Valdez, que tanto lustre le dieran en su momento a los partidos de izquierda, o dirigentes luchadores sociales con autoridad moral y política como Heberto Castillo.

 

Tampoco se ven ahí dirigentes campesinos como Ramón Danzós, Arturo Orona, o los que acompañaron en su momento al PC, al PPS, o aquellos destacados en las luchas agrarias que buscaban el reparto de la tierra cuando era la principal demanda en el campo.

 

No se ven liderazgos juveniles interesados en la política como se dio en otros tiempos, cuando la población estudiantil era la favorita de los partidos de las izquierdas para reclutar adeptos en las universidades.

 

Lo que vemos en Morena ahora es a una anchurosa burocracia política de largo alcance reciclada entre diversas corrientes y partidos políticos a través de los años, sin la emoción ni la combatividad de aquellos años y con una enorme ambición de poder. Se mueven ahora en Morena lo mismo ex panistas aventureros que ex priistas de conveniencia y una gran cantidad de ex perredistas representantes de sus corrientes internas.

 

También vemos a dirigentes sociales y políticos a los que ya rebasó su propio tiempo y a los que su representación se reduce a sí mismos.

 

Políticos, la mayoría, beneficiarios, ellos y sus familiares de la industria de la representación proporcional (o plurinominales) que con el tiempo han propiciado la eterización en los cargos de muchos de ellos.

 

¿Qué decir de los casos de Napoleón Gómez Urrutia, que de dirigente sindical por herencia pasó a ser senador de representación proporcional?¿Qué decir de los Fernández Noroña, Pablo Gómez o Layda Sansores?

 

O del numeroso grupo de tránsfugas del perredismo incrustados en Morena, que en lugar de llevar ideas frescas y propuestas alternativas para el fortalecimiento del nuevo partido, han llevado a Morena conflictos y formas rudas de hacer política como se acostumbraron por años.

 

Quien no quiera ver esto y luego batalle para explicarse el por qué Morena no es un partido político con disciplina interna ni estructura y solo aparece como una organización en permanente conflicto —ellos insisten de que se trata de un movimiento no un partido—, a pesar de solo contar con seis años de operación en el sistema político.

 

Y argumentan que no son partido sino que son "movimiento". ¿Cuál es la diferencia? Para la ley electoral y para la Constitución las figuras dominantes en lo electoral son los partidos y no los movimientos.

 

¿Por qué movimiento? Porque presumen de un dinamismo político que hasta la fecha dicha organización no ha demostrado, quedando en evidencia a cada rato sus luchas y opiniones contradictorias en función del interés que persigue y la representación de grupo de cada uno de los aspirantes a la dirigencia nacional.

 

Dice Gibrán Ramírez uno de los aspirantes a la dirigencia nacional de Morena: "Lo urgente es organizarnos para 2021. A la par tiene que generarse el programa para los municipios y Estados. No tenemos. Morena es un proyecto federal que salió de la lectura de los 100 puntos de Andrés Manuel en el Zócalo. No tenemos forma de hacer gobierno local. La otra parte después de 2021 es un programa para el futuro. Tuvimos un programa como oposición, pero no tenemos doctrina que vaya más allá. No sabemos qué va a pasar después de AMLO. Falta todo del futuro". Y tiene razón Ramírez. ¿Qué va a suceder cuando no tengan a AMLO en las boletas y a los ex presidentes de México como Pretexto?

 

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