Poema de domingo

Vertiente septiembre 27 2020.

Poema de domingo.- Con Bartolomé Delgado de León -periodista y poeta-, en su casita del callejón República de Cuba, de Ciudad Obregón, ejercitábamos el ingenio y la creatividad literaria. Él, o cualquiera de nosotros (Jesús Antonio Salgado, Rigoberto Badilla, Carlos Verduzco, Mario L. Partida, Daniel Delgado, Horacio Soto, Luis Alfonso Othón, Fernando Arreola. Fernando, siendo secretario del Ayuntamiento, visitaba al autor del Canto al Valle del Yaqui, acompañando al alcalde Alfonso Hernando Pola, tercero de los regidores que cubrieron el trayecto del edil fallecido al mes de su toma de posesión, Luis Antillón: José Romano Félix, Carlos López Arías), dábamos un primer verso inédito, de lo que sería, un poema de esencia colectiva.
Ese primer verso indicaba la preceptiva literaria de que venía revestido. Es decir, libre, o bien sujeto a la medición de sílabas y rima, con vocación de convertirse en romance, décima, soneto, lira. Y la chispa brotaba. Y la sala de la vivienda se llenaba de voces y de algarabía de una generación que se poetizaba, porque era mejor –decía Bartolomé- que politizarse.
Muchos poemas de buena factura surgieron de ese taller mágico. Pero eran de vida breve, como pompas de jabón que simbolizaban los sueños limpios de un grupo de jóvenes y su Maestro, que los preparaba para el futuro. Sin duda, fuimos una generación privilegiada por tener guías y amigos como Delgado de León, Jesús Corral Ruiz, Claudio Dabdoub, Juan Eulogio Guerra Aguiluz, Luciano…   
Y, como es día con destellos literarios, construyo con las herramientas de juglar que heredé de mis mayores, un poema que pongo con humildad en sus manos.

Bernardo Elenes Habas

ORFANDAD

Tus manos me moldearon,
me ungieron fe y aliento,
me hicieron recorrer
la ruta de tus sueños,
bebiendo tus incendios,
tus ríos, tus tormentas.


La raíz de tu nombre
fue piel para mi piel,
sobre ella se estrellaron
relámpagos de agosto,
señales de la noche,
caligrafía estricta
del mar y sus leyendas.

Ahora te recuerdo
y en la playa te invoco.

En la arena blanquísima
escribo lentamente
las letras de tu cuerpo,
pero de nuevo el mar
con su vaivén eterno
las diluye en sus manos,
las lleva al horizonte,
erosiona mi luz
y me deja en el pecho
la orfandad de los siglos…
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