Las ambiciones de Ricardo Anaya cuartearon al PAN

Vertiente  Octubre 12 2017.


Las ambiciones de Ricardo Anaya cuartearon al PAN.- Manejó la doble moral de árbitro y jugador; y sus enemigos, que lo acechaban dentro y fuera, le dieron un golpe terrible.- En Cajeme, Rafael Delgadillo debe poner sus barbas a remojar


Bernardo Elenes Habas


No es una situación pasajera y sin repercusiones, lo que le está sucediendo a la estructura del PAN en estos momentos.

Los ínclitos panistas deben entender que no se trata de un sismo que afecta solamente al tejido del Comité Ejecutivo Nacional azul, sino que daña gravemente la moral, otrora recta e indeclinable heredada por Manuel Gómez Morín y demás fundadores de ese instituto, porque fue desviada y entró a los cauces del autoritarismo y del tráfico de influencias internas.

¿Qué se trata de una estrategia urdida por el PRI, en base a las alianzas que supuestamente sostiene con el calderonismo? Tal vez así sea, pero el golpe certero y demoledor fue dado con precisión y en el momento exacto, del que no se puede salvar Ricardo Anaya Cortés, por más argumentos desesperados que exponga.

Su demolición política fue tan certera que se sustentó en todo un proceso de difusión de su conducta ligada con la corrupción sobre su enriquecimiento sorprendente. Su ascenso vertiginoso -dicen que utilizando el engaño-, en política. Y a la forma en que se adueñó del PAN desde sus cimientos hasta sus cúpulas, para forjar a su interior una monarquía, erigiéndose en el único operador como si nadie más existiese, de tal manera que determinó ser árbitro y jugador, sin abrir las oportunidades a nadie más, por la candidatura hacia la presidencia de la República.

El imaginario popular mantiene la opinión de que ese castigo lo tiene merecido, porque manejó el objetivo de democratización de la actividad política partidaria, en la mentira, ya que sus fines no se encaminaban a construir los cauces urgentes por los que deberían transitar en el futuro inmediato los principios de libertad, igualdad, distribución equitativa de la riqueza, respeto a la decisión de las mayorías.

Y es cuando surge la premisa dura, como piedra, nacida de la inteligencia y la voz de la gente del pueblo: “¿Si ha sido incapaz de respetar la libertad y los valores de sus mismos correligionarios, cómo creer que siendo Gobierno, lucharía a fondo por el bien común?”.

Esas lecciones de los renglones torcidos de la política no los olvida la ciudadanía, la que no tiene partido ni obedece a siglas, pero sí posee credencial de elector, con la que seguramente cobrará los engaños a que la han sometido, en las ventanillas de las urnas que se abrirán, tempranamente, el 1 de julio de 2018.

Pero esa lección no deben olvidarla los integrantes de las estructuras estatales y municipales del PAN, porque hay evidencias de que algunos dirigentes de comités, como es el caso de Rafael Delgadillo Barbosa, en Cajeme, guardadas las proporciones, actúa con el mismo manual que diseñó Anaya Cortés, es decir, impulsando sus propias aspiraciones hacia la candidatura por la alcaldía, teniendo el manejo ventajoso del padrón, los comités de colonias y comunidades, la facilidad de convocar, todo a su favor, cerrando prácticamente las oportunidades a otros aspirantes: la misma trampa con la que eliminaron a Margarita Zavala.

La responsabilidad de Delgadillo Barbosa, como primera misión, es mantener la unidad del partido que se le confirió. Abrir oportunidades para los militantes que buscan ser tomados en cuenta en sus aspiraciones a cargos de elección popular, y no polarizarlos con su ambición personal.

¿Considera, el dirigente panista, que las bases, sus grupos, no se le podrían rebelar, exigiéndole que si anhela la candidatura por la presidencia municipal, renuncie al honroso cargo de líder del panismo local; o bien, se concrete a ser árbitro, no jugador, para que no se fracase en las alternativas de participación con posibilidades de triunfo?

Rafael tiene que sopesar que esa indefinición fue la primera cuarteadura del PAN a nivel nacional, porque Ricardo Anaya sólo dialogaba con su espejo.

Le saludo, lector.