¡Ah, la mujer!

¡Ah, la mujer!

 

Héctor Rodríguez Espinoza*

 

El tema de la mujer pertenece a las dos dimensiones de la existencia humana: la naturaleza y la sociedad.

 

Filosofías y Ciencias que se ocupan de estudiarlas, lo han hecho desde sus particulares enfoques -en su diferencia genérica del hombre-, de cuyo análisis y crítica ha resultado un rico y heterogéneo subproducto educativo y cultural con su autonomía conceptual, amén de constituir una catapulta ideológica y ética, para una lucha milenaria por su reivindicación y conquista de su propio espacio en la sociedad internacional.      

 

A través de los siglos, las mujeres han sido nombradas desde la ambigüedad, la sospecha y el mito. Miradas de soslayo, atrapadas en el lenguaje de la mistificación y la afrenta, han quedado al margen de la historia oficial.

 

¿SABIDURÍA? ANTIGUA

 

Se caerían para atrás mis lectores –como reaccionan mis alumnos universitarios- si leyeran el trato inhumano, despreciativo y de extrema rudeza innecesaria que los más importantes pensadores y ordenamientos y códigos de conducta religiosos, morales y jurídicos de la antigüedad, subestiman a la mujer: Leyes de Manu (Libro Sagrado de la India); Constitución Nacional Sumeria (Civilización Mesopotámica, siglo XX A.C.); Código de Hamurabi; Zaratustra (filósofo Pérsico, siglo V A.C.); Pericles (Ateniense, político demócrata, siglo V A.C., uno de los ciudadanos más brillantes de la Civilización Griega); Confucio (Filósofo chino, siglo V A.C.); Aristóteles (Filósofo, guía intelectual y preceptor griego de Alejandro Magno, siglo IV A.C.).

 

En la Grecia de Platón y Aristóteles ser mujer era indeseable, tenían el mismo status de esclavos. El que más resalta sus aportes a su igualdad es Hobbes. Y es Stuart Mill quien toca su derecho al voto.

 

El Corán (Libro Sagrado de los musulmanes, escrito por Mahoma en el siglo VI, bajo la Inspiración Divina); Lutero (Teólogo alemán, protestante reformador, siglo XVI); Enrique VIII (Rey de Inglaterra, líder de la Iglesia Anglicana, siglo XVI); Jean-Jacques Rousseau (Escritor francés, precursor del Romanticismo, uno de los mentores de la Revolución Francesa, siglo XVIII); Constitución Nacional Inglesa (ley del siglo XVIII); Friederich Hegel (Filósofo e historiador alemán del siglo XIX); Le Menagier de París (Tratado de Conducta Moral y Costumbres de Francia, siglo XIX).

 

¿HUMANISTAS EN LA HISTORIA?

 

Es cierto que en el devenir del tiempo, ellas han empezado a salir de las sombras, gracias a la labor de rescate de historiadoras y antropólogas feministas y al protagonismo de sus movimientos.

 

Sin embargo, seguimos observando que en el umbral del siglo XXI, existes tímidas voluntades de rectificación frente a este ocultamiento. Son los medios de comunicación, en especial, los que mantienen una especie de ley del silencio en sus informes cronológicos, reportajes y comentarios sobre los sucesos más relevantes del milenio, donde ellas, cuando aparecen, quedan difuminadas y/o reducidas a simples caricaturas.

 

Pese a ello, en mil años de historia de la humanidad, sus huellas se nos aparecen de manera abrumadora.

 

Se puede constatar durante la búsqueda y recopilación en los Centros de Información y Documentación.

 

Un recorrido justo, más que recordar a las heroínas clásicas, debe centrarse en rescatar la presencia, actuación y pensamiento de aquellas mujeres escasamente recordadas o nunca nombradas por la historiografía oficial, precisamente porque en diversas épocas se atrevieron a cuestionar el orden patriarcal; que hablaron por sí mismas, que estando destinadas a vegetar y/o morir en la ignorancia, rompieron barreras y se calificaron de eruditas y creadoras.

 

También fueron osadas pioneras que abrieron el camino para las nuevas generaciones de mujeres. Muchas buscaron representación a partir de otras mujeres en la complicidad y el affidamento. Son las herejes, las sabias, las visionarias...

 

Tenemos la esperanza que en el milenio que empezó, se geste una nueva conciencia en las generaciones de mujeres y hombres que tendrán la tarea de hacer posible una civilización integradora y humanista, donde la mitad del género humano no siga siendo invisible.

 

Es dable confirmar la injusta ausencia de la mujer en la selecta lista de protagonistas de la Historia.

 

Pero, ¿acaso no ha hecho falta la ética de mujeres preparadas, ejemplares y sin la codicia del poder, como ellas, en la educación y cultura universal, marcada por la maldición de guerras, discriminación,  intolerancia y corrupción masculinas?

 

DEL BAÚL

 

Del arcón de mis artículos de los años 90s, les comparto el siguiente, que seguiría vigente: 

 

“La deseable feminización de la familia, la sociedad y el estado

 

La legítima lucha de un calificado segmento de la mujer occidental   por acceder al disfrute de sus derechos humanos y libertades fundamentales y sus consecuentes responsabilidades sociales - ¡qué duda cabe! - , empieza a dar sus frutos, algunos de ellos agridulces.

 

La mujer latina, en especial, ya cuenta en su patrimonio jurídico natural,  con valores fundamentales de la persona individual, y exige le sean respetados. Nos referimos  a los derechos a la vida, a la salud física y mental, a la libertad en sus distintas manifestaciones, a la educación, cultura y recreación, al empleo, a la seguridad social y pública, a la vivienda y al gobierno de sus comunidades, para enlistar sólo los más conocidos.

 

En México, una élite de ese sector femenino, desde hace seis décadas, con la conquista del voto para elegir sus gobernantes -sea cual fuere todavía el respeto de los organismos y autoridades electorales en nuestro peculiar  subsistema de esa índole-, ocupa cada vez más importantes espacios en instituciones escolares, sea como alumnas, docentes o directivas; en puestos de mando en los sectores público, social y privado; y en el ámbito  público las encontramos ocupando  cargos en los Partidos políticos y en los Poderes legislativos, ejecutivos y judiciales, en los dos fueros y en los tres órdenes de gobierno.

 

Desde luego que ha sido, es y será siempre deseable y hasta necesaria esta feminización del mundo. Los valores genéticos característicos y diferenciados de la mujer, aquellos que todavía nos trasmitieron nuestras madres, de maternidad responsable, dulzura, ternura, pudor, escrúpulo, desinterés, desprendimiento, honra, honestidad, sacrificio, abnegación -según los más reconocidos psicólogos, como Erich Fromm en su clásico “El arte de amar”-, son un antídoto contra tantas deformaciones, vicios y corruptelas que históricamente hemos dejado como ominosa huella los varones, en una sociedad hecha por y para hombres, todavía gobernada por un machismo  moderado.

 

Hasta aquí todo estaría muy bien. Pero es el caso que en los últimos tiempos, al lado de la basura moral producida por el llamado sexo fuerte,  con la que nos alimentamos cotidianamente en los amplificadores medios masivos de comunicación, escritos y electrónicos -en un sistema de vida que pareciera ya dar síntomas de osteoporosis e incapacidad de  controlar sus esfínteres morales-, la página roja incluye cada vez más casos de mujeres acusadas de conductas ilícitas y hasta criminales, lo cual es una luz roja en el semáforo ético de la sociedad moderna.

 

Ciertamente que no se trata de algo nuevo y que, históricamente, la criminalidad instintiva no tiene sexo, como se consigna en serios textos doctrinales (v.gr. La criminalidad femenina, de la Dra. María de la Luz Lima Malvido). Es, en todo caso, producto de la triste condición humana. Es, por otra parte, un conjunto de casos aislados en los cuales, invariablemente, existe complicidad de algún varón, magnificados y pintados de un amarillo intenso.

 

Pero podrían ser paradigmáticos de un tobogán conductual inédito y específico digno de alarma, para procurar su freno, minimización o cancelación.

 

Que en el fondo de las cosas está una crisis de la familia y de la escuela mexicanas, se demuestra con el sólo hecho de reflexionar que todos esos actores se criaron y pasaron por nuestros hogares y aulas educativas. Por algo un experto propugna por la creación de una Secretaría de Reeducación Pública.

 

Bienvenidas, mujeres, a la praxis de  la lucha por el disfrute de los derechos que, por su naturaleza, han conquistado en la sociedad  y en el Estado.  Implica riesgos (como el que corro yo mismo de acusárseme de misoginia, por éste texto de buena fe; o el de la anorexia y bulimia, males que crecientemente padecen las Ejecutivas norteamericanas de éxito).

 

Bienvenidas, también, al pragmatismo del cumplimiento de sus deberes y responsabilidades que -sin abandonar su corresponsabilidad en el sagrado seno del hogar-, conllevan sus conductas, tareas  y puestos, en la sociedad civil y en la sociedad política.

 

Pero en su imprescindible nuevo lugar, ¡feminicen la pradera laboral! ¡No se masculinicen! ¡Apórtenos su innovación y creatividad!

 

Es posible que la guerra por conquistar su espacio en la sociedad, las haya empujado a acopiar y utilizar el abigarrado arsenal de armas inventadas por los varones.

 

No nos imiten. Con ello, no solamente destruyen su seno familiar, sino el hogar patrio. Persistan en transformar el mundo -sin rupturas, traumas ni desgarramientos estériles- con su natural dotación genética, ética y estética superior.

 

Maquiavelo fue varón (aun cuando Juan Jacobo Rousseau, su histórico, ético e ideológico  antagonista, también).

 

Todo, absolutamente todo lo anterior, no nos excluye, a los hombres (“…necios que acusáis a la mujer, sin ver que sois la ocasión de lo mismo que culpáis...”.),  de una urgente reforma interior y externa, que se traduzca en apreciar, valorar y respetar la compañía de la mujer. Como me afirmó una alumna: “No hay dama sin caballero, maestro.”

 

Que a la sentencia El hombre es el lobo del hombre, no se le sume la de que La mujer es la loba de la mujer.

 

Las necesitamos femeninas.

 

Para seguir siendo, por siempre, esencialmente  mujeres.”

 

ROTONDA

 

Un ejemplo de este tardío reconocimiento lo constituye la reivindicación que, a partir del 5 marzo 2003, se decretó al  modificar el nombre de la otrora Rotonda de los Hombres Ilustres.

 

Hasta esa fecha, de las 104 figuras que descansan en el monumento, sólo tres son mujeres. A partir de esa fecha, dicha Rotonda, creada en 1872, se llama "Rotonda de las Personas Ilustres", como un reconocimiento a la equidad de género.

 

El Diario Oficial de la Federación publicó un día antes un decreto presidencial con el nuevo nombre del monumento nacional y los cambios a las reglas para autorizar una inhumación en su interior.

 

El espacio, en una sección del Panteón Civil de Dolores, al poniente de la Ciudad de México, albergaba los restos de 104 figuras que destacaron por sus contribuciones a la política, la ciencia y la cultura mexicanas, de las cuales sólo tres son mujeres: la poeta Rosario Castellanos, la soprano Ángela Peralta, y la actriz Virginia Fábregas.

 

*Parte del prólogo del libro “Mujeres Representativas. 500 Esbozos Biográficos”, del autor de este artículo.

 


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